Sentido y sensibilidad

Sentido y sensibilidad

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—No sé lo que le dije —replicó él, impaciente—; menos de lo que me exigía el pasado, sin ninguna duda, y con toda probabilidad mucho más de lo que justificaba el futuro. No puedo pensar en eso… no servirá de nada. Y después llegó su querida madre, a torturarme más aún con toda su bondad y confianza. ¡Gracias a Dios que sí me torturó! ¡Qué infeliz me sentí! Señorita Dashwood, no puede imaginarse qué consuelo es mirar hacia atrás y ver cuán infeliz me sentí. Es tan enorme el rencor que me guardo por la estúpida, canallesca locura de mi propio corazón, que todos los sufrimientos que en el pasado tuve por su causa, hoy no son sino sentimientos de triunfo y gozo. En fin, fui, abandoné todo lo que amaba, y me dirigí hacia quienes, en el mejor de los casos, sólo sentía indiferencia. Mi viaje a la ciudad, en mi propio carruaje, tan tedioso, sin nadie con quien hablar… ¡qué pensamientos alegres, que gratas perspectivas por delante! Y cuando recordaba Barton, ¡qué imagen consoladora! ¡Ah, sí fue un viaje espléndido!

Se detuvo.

—En fin, señor —dijo Elinor, que aunque compadeciéndolo, se impacientaba por verlo partir—, ¿y es eso todo?

—¡Todo! No. ¿Ha olvidado acaso lo que ocurrió en la ciudad? ¡Esa carta infame! ¿Se la mostró?

—Sí, vi todas las notas que se escribieron.


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