Sentido y sensibilidad

Sentido y sensibilidad

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Marianne seguía recuperándose día a día, y la radiante alegría en el semblante y en el ánimo de la señora Dashwood daban fe de que era, como repetidamente se confesaba, una de las mujeres más felices del mundo. Elinor no podía escuchar sus palabras, ni contemplar sus manifestaciones, sin preguntarse a veces si su madre alguna vez recordaba a Edward. Pero la señora Dashwood, confiada en el moderado relato de sus desilusiones que le había hecho llegar Elinor, permitió que la exuberancia de su alegría la llevara a pensar sólo en lo que podía aumentarla. Marianne le había sido devuelta tras un peligro en el cual —así había comenzado a sentir— ella misma, con su propio errado juicio, había contribuido a ponerla, pues había estimulado su desdichado afecto por Willoughby; y en su recuperación tenía aún otro motivo de alegría, en el cual Elinor no había pensado. Así se lo hizo saber tan pronto como se presentó la oportunidad de una conversación privada entre ellas.

—Por fin estamos solas. Mi querida Elinor, todavía no conoces toda mi felicidad. El coronel Brandon ama a Marianne; él mismo me lo ha dicho.

Elinor, sintiéndose alternativamente contenta y apenada, sorprendida y no sorprendida, era toda silenciosa atención.


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