Sentido y sensibilidad
Sentido y sensibilidad En general, los alrededores abundaban en hermosos paseos. Los altos lomajes, que las invitaban desde casi todas las ventanas de la cabaña a buscar en sus cumbres el exquisito placer del aire, eran una feliz alternativa cuando el polvo de los valles de abajo ocultaba sus superiores encantos; y hacia una de esas colinas dirigieron sus pasos Marianne y Margaret una memorable mañana, atraídas por el poco sol que asomaba en un cielo chubascoso e incapaces de soportar más el encierro al que las había obligado la continua lluvia de los dos días anteriores. El clima no era tan tentador como para arrancar a las otras dos de sus lápices y libros, a pesar de la declaración de Marianne de que el buen tiempo se mantendría y que hasta la última de las nubes amenazadoras se alejaría de los cerros. Y juntas partieron las dos muchachas.
Alegremente ascendieron las lomas, regocijándose de su propia clarividencia cada vez que vislumbraban un trozo de cielo azul; y cuando recibieron en sus rostros las vivificantes ráfagas de un penetrante viento del suroeste, lamentaron los temores que habían impedido a su madre y a Elinor la posibilidad de compartir tan deliciosas sensaciones.
—¿Existe en el mundo —dijo Marianne— una felicidad comparable a ésta? Margaret, caminaremos aquí al menos dos horas.