Sentido y sensibilidad

Sentido y sensibilidad

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Poco a poco la compañía de Willoughby se transformó en el más exquisito placer de Marianne. Juntos leían, conversaban, cantaban; los talentos musicales que él mostraba eran considerables, y leía con toda la sensibilidad y entusiasmo de que tan lamentablemente había carecido Edward.

En la opinión de la señora Dashwood, el joven aparecía tan sin tacha como lo era para Marianne; y Elinor no veía nada en él digno de censura más que una propensión —que lo hacía extremadamente parecido a su hermana y que a ésta muy en especial deleitaba— a decir demasiado lo que pensaba en cada ocasión, sin prestar atención ni a personas ni a circunstancias. Al formar y dar apresuradamente su opinión sobre otra gente, al sacrificar la cortesía general al placer de entregar por completo su atención a aquello que llenaba su corazón, y al pasar con demasiada facilidad por sobre las convenciones sociales mostraba un descuido que Elinor no podía aprobar, a pesar de todo lo que él y Marianne dijeran en favor de ello.






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