El rancho del crimen
El rancho del crimen ¡Bang!
Una llamarada brotó del sitio en donde había caído Fenwick. La bala silbó junto al oído de Pete. Este devolvió el tiro. Su 45 lo empuñaba con la mano izquierda, pero la puntería fue perfecta y la bala atravesó la muñeca de Weasel, que dejó caer el revólver lanzando un aullido de dolor.
Weasel Fenwick ni aun intentó recoger el revólver del suelo. El miedo parecía darle alas y, lanzando alaridos de terror, corrió hacia la parte sur del corral y luego desde allí retrocedió dirigiéndose hacia el cuartel general del rancho. Pero ahora los cuatro bandidos estaban tratando de incorporarse, jurando y blasfemando, al mismo tiempo que disparaban desordenadamente en todas direcciones.
Los revólveres de Pete contestaban de una manera salvaje.
—¡Tirad al suelo esas chimeneas! —rugió Pete—. ¡Estáis arrestados!
Y acompañó esta orden con un fuego graneado que silbó amenazadoramente en los oídos de los facinerosos. Dos de estos pugnaban por escapar al lazo y uno de ellos disparó rápidamente en dirección a Pete.
—¡Es Smiley! —vociferó—. Es él...
—¡No soy Smiley! ¡Me llamo Pete Rice! —gritó el sheriff—. ¡Manos arriba!... ¡Pronto!