El rancho del crimen

El rancho del crimen

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Este nombre pareció causar al bandido más efecto que una docena de balas. Apretó el gatillo de su revólver y la bala pasó rozando la cabellera del sheriff. La contestación de Pete hizo caer el arma de sus manos.

Los otros tres, más desembarazados sus brazos de la cuerda ahora, enviaron una andanada de balas al sheriff, pero éste estaba ya en plena acción y uno de los bandidos se derrumbó con el hombro atravesado de un balazo. Los otros tres echaron a correr. El herido se sujetó el hombro con la mano y corrió detrás de sus compañeros.

Los cuatro hombres corrían con toda la velocidad que les permitían sus piernas. Pete podía haberlos detenido a tiros, pero les dejó marcharse. No eran peces de importancia, y además, matar por su propia mano no formaba parte del código de Pete.

Lo que más le interesaba ahora eran sus comisarios. ¿Estaban heridos... o muertos? En cuanto se convenció de que los bandidos no tenían intención de volver, corrió hacia la linde del arroyo. Hicks “Miserias” ya se había puesto en pie. Tenía las manos atadas a al espalda y hacia esfuerzos para salir del cauce del arroyo.

—Hemos representado el viejo truco. Cuando dispararon sobre nosotros nos dejamos caer de bruces, Pete —explicó el barberillo;— pero mucho me temo de que una de las balas haya alcanzado a Teeny.


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