El rancho del crimen
El rancho del crimen Pete asintió con la cabeza. Libertó a Hicks y luego hizo lo mismo con Teeny. Del bolsillo posterior de éste sacó el frasco de metal que contenÃa el té mezclado con sasafrás. El gran comisario era muy aficionado a esta bebida, en la que hallaba un estimulante aromático.
Empapó en el lÃquido un pañuelo y lavó cuidadosamente la herida. Teeny tenÃa una resistencia extraordinaria y pronto empezó a moverse y lanzar sordos gruñidos. Abrió al fin los ojos, pero semiinconsciente aún, volvió a crearlos en seguida.
—¡A qué esperáis, cobardes, coyotes! ¡Matadnos! —vociferó como en delirio—. ¡Yo os darÃa una buena tunda si fueseis capaces de pelear de hombre a hombre!
Asà era Teeny Bulter. A ningún hombre le gustaba vivir más que a él. Pocos gozaban más de la vida, peor habÃa escogido una profesión peligrosa. La muerte pasaba con frecuencia a poca distancia por su lado y hacia tiempo que Teeny estaba convencido de que habÃa de tener un fin trágico, por lo que ya estaba acorazado contra todos lo temores.
—¡Tus ojos están fuera de foco, Teeny! —le dijo jovial mente el sheriff—. ¡No quisiera coger una indigestión comiéndome los restos de tu carroña que han respetado los buitres!
Teeny abrió los ojos y se incorporó.
—¡Santo Dios! ¡Eres tú, Pete!