El rancho del crimen
El rancho del crimen Pete frunció el ceño al acabar de leer aquella carta.
—La hipocresía es uno de los vicios que no se pueden desterrar del mundo —murmuró—. Sería lo mismo que intentar conseguir que una culebra no se moviese al quitarle la grasa a un cerdo cebado.
—¿Quiere usted decir que esa mujer no siente lo que escribe? —preguntó el joven comisario de Broken Arrow.
—En primer lugar, esa “mujer” debe llevar barba y botas, y zahones, y un sombrero de diez galones de cabida en la cabeza —contestó Pete—. Si el que ha escrito esa carta no es alguien que desea envenenar a Moy Tang, resultará que yo no he montado jamás a caballo.
Y dicho esto cogió la caja de bombones.
—No tardaré en volver —dijo al joven comisario—. Entretanto saque usted de la celda en que se encuentra a Moy Tang si tiene ventanas, no sea cosa de que alguien intente asesinarle con un rifle. No deje entrar a nadie en el corredor en que esté la nueva celda de Moy Tang.
Antes de las nueve estaba Pete de regreso en la cárcel. Había llevado a analizar los bobones y se comprobó que estaban rellenos con un alcaloide venenoso mortal de necesidad.