El rancho del crimen
El rancho del crimen Weldron echó a andar en aquella dirección. Durante un minuto o dos se mantuvo en pie junto a la hamaca. Luego se sentó sobre ella a través, sacó un objeto del bolsillo, encendió una cerilla y miró a aquel objeto que habÃa puesto sobre sus rodillas. Era el libro que llevaba de manera tan misteriosa.
Por un segundo se le ocurrió a Pete acercarse, lanzarse sobre él y apoderarse de aquel libro, pero abandonó esta idea descabellada inmediatamente. Esto habrÃa sido temerario e impracticable a menos de que él hubiese querido al mismo tiempo promover un alboroto y verse obligado a matar a aquel hombre.
Pete esperó con creciente exasperación a que Fancy Weldron regresase a la casa, y era precisamente lo que Weldron no parecÃa tener intención de hacer. Metió las piernas dentro de la hamaca, se tendió boca arriba y continuó fumando tranquilamente.
El sheriff se acercó un poco más. Deseaba saber qué ocurrirÃa cuando se acabase el cigarrillo. ¿EncenderÃa otro Weldron con la colilla de aquél? ¿EstarÃa allà fumando cigarrillo tras cigarrillo a la luz de la luna horas y más horas?
Y fue lo inesperado lo que sucedió, lo inesperado, que tantas veces surgÃa ante los ojos de Pete. Weldron no continuó fumando. En vez de esto, se acomodó mejor y unos segundos después Pete pudo oÃr que roncaba débilmente.