El rancho del crimen
El rancho del crimen Sus restantes hombres peleaban duramente, sometiendo a los bandidos a un fuego cruzado despiadado. La linterna se habÃa hecho añicos de un balazo y los soldados de la Patrulla no podÃan ver a sus enemigos bien, pero sus balas no dejaban de hacer blanco.
Los chinos lanzaban chillidos de terror, mezclados con algunos aullidos de dolor, pues varios de ellos resultaron heridos en el tiroteo. Los pobres estaban aprisionados en las reses, imposibilitados de huir. Los componentes de la patrulla, comprendiendo que aquellos infelices eran inocentes, trataban de desviar sus tiros de los vagones y asà lo hicieron hasta que los bandidos buscaron protección contra sus balas dentro del tren.
—¡Cortarles la retirada! —gritó una voz que venÃa de la oscuridad—. ¡Es muy fácil! ¡Si no acabáis con ellos, jamás podremos nosotros volver a la Quebrada del Buitre! ¡Rellenad esas mollejas de plomo! ¡No dejéis a uno vivo para que pueda contarlo!
Dos soldados de la Patrulla de la Frontera se habÃan retirado al abrigo de unas peñas y uno de ellos disparaba con su rifle automático contra los vagones.
—¡Caramba! —dijo uno de ellos a su compañero—. ¡Yo conozco esa voz! ¡Y sin embargo, es imposible!
—¡Por todos los diablos! —gritó otra voz en la obscuridad—. ¡El empresario de pompas fúnebres se va a enternecer cuando meta a esos federales en una caja de pino! ¡Claro que los rellenaremos con plomo!