El rancho del crimen

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—¡Pues van a bailar en la horca! —dijo Emmett con fiereza—. Usted ha oído sus voces. Usted conoce a esos granujas igual que yo. No puede haber duda acerca de ello, por muy imposible que parezca. Los representantes de la ley se han pasado a los bandidos. ¿Usted puede jurar que eran sus voces, no es eso, compañero?

La pregunta quedó sin contestación. Emmett miró hacia abajo y pudo convencerse de que estaba hablando con un hombre que no lo escuchaba, pero el herido aún respiraba y Emmett logró incorporarlo con alguna dificultad se lo echó al hombro. Trabajosamente avanzó unos cuantos pasos en la oscuridad.

Poco después tropezó con hombre tendido en el suelo. Se oyó un quejido. Emmett dejó en tierra cuidadosamente su carga y encendió un fósforo. El hombre con quien había tropezado era un soldado llamado Randolph, que estaba destrozado, con las dos piernas atravesadas por las balas.

—¿Puedes arrastrarte, compañero? —le preguntó Emmett.

Randolph refrenó su dolor y contestó casi con dureza:

—¡Puedo! Quiero llegar al cuartel general, aunque me muriera después. ¡Quiero vivir lo bastante para ver a esos granujas de la Quebrada del Buitre danzando al extremo de una cuerda de cáñamo!


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