El rancho del crimen
El rancho del crimen —Y nosotros seguiremos adelante, ¿no es eso? —preguntó “Miserias”.
—Eso es. Seguid en lĂnea recta. Atravesad ese terreno blando. Puede suceder que vuestros perseguidores os den alcance. En ese caso desensillad y desembridad los caballos y metedlos en algĂşn corral o en algĂşn hierbajo para que pasten. Ocultaos durante el dĂa y, de noche, dirigios a pie hacia la cabaña de Johnny. Nos encontraremos allĂ, si todo va, como yo espero, viento en popa.
—¿Crees que ese Reynal...? —empezó a decir “Miserias”.
Pero Pete le mandĂł callar con un gesto y, tumbándose en el suelo, aplicĂł el oĂdo a tierra. Hacia la parte del rancho Slash C. se oĂa el galopar de caballos.
—¡En marcha en seguida, muchachos! ¡A todo galope! —acució Pete a sus hombres—. ¡Hasta pronto!
Los comisarios siguieron sus instrucciones y Pete volvió a pasar el puentecillo de piedra y, quitándose su camisa, la hizo jirones para amordazar con ellos a sus dos prisioneros. El rumor del galope de caballos hacia el Slash C. iba en aumento. Pete volvió a tumbarse en el suelo silenciosamente y escuchó.
Pasaron unos minutos. Los jinetes se acercaban, pero Pete, afortunadamente, estaba a salvo. Sus prisioneros estaban amordazados y Sonny su veloz alazán, era un maestro del oficio. PodĂa confiarse en que no relincharĂa nunca al oĂr la presencia d e otros caballos.