El rancho del crimen
El rancho del crimen Y añadió, volviendo la cabeza hacia el que se hallaba más cerca de él.
—Este es Sanderson, de la finca Pitchfork. Los otros son empleados nuestros. Vosotros habéis robado algunos bueyes de la propiedad de Sanderson y unos cuantos míos que teníamos en los corrales del embarcadero marítimo de Sweetwater.
—Eso es lo que nosotros queríamos saber. Mr. Bronson —dijo Hicks “Miserias”, en tono amistoso—. Nosotros no somos ladrones de ganado, aunque en realidad nuestra misión es guardar, si podemos, su ganado en nuestro poder.
El intrépido comisario hablaba dirigiéndose a Bronson. Sabía que en aquellos momentos ofrecía un blanco perfecto para cualquier tirador mediano, pero Hicks “Miserias” conocía a los hombres. Bronson y Sanderson, lo mismo que sus empleados podían tratar de capturarlos, pero estaba seguro de que no los matarían a sangre fría.
—Ahora, escuche lo que voy a decirle, Mr. Bronson —ordenó el diminuto barbero—, y no ponga en duda ninguna de mis palabras.