El rancho del crimen
El rancho del crimen Sus dedos se prepararon a apretar los gatillos de sus dos 45.
—¡Eh, espera un minuto! —dijo uno de los otros dos ladrones de ganado—. Nosotros recibimos órdenes de McCarron, puesto que es él el que nos paga. Seguramente que mandará matarlos en cuanto los vea y sepa quiénes son, pero McCarron no es hombre a quien le gusta que se le adelante. Si tú los matas todos nos habremos puesto enfrente de McCarron.
Fenwick dejĂł oĂr un gruñido, pero bajĂł las armas, lentamente.
—¡Perfectamente! —dijo, al fin—. Ve a decirle a McCarron lo que tenemos aquĂ. Ya sĂ© cuál será su contestaciĂłn: volarles la cabeza a este par de pájaros, pero no importa; ve a verle y recibe la orden, para más seguridad.
El hombre que habĂa insistido en consultar con McCarron no tardĂł en ponerse en marcha hacia la casa del rancho. Los revĂłlveres de Weasel Fenwick se alzaron otra vez apuntando a Teeny Butler, mientras que los de su compañero amenazaban a Hicks “Miserias”.
Fenwick soltó una carcajada, y su risa sonó como un gruñido.
—¡Si McCarron dice que os matemos, moriréis! —dijo—. ¡Y si dice que no os matemos, de todos modos moriréis! Sólo que si ocurre el segundo caso, tendré que pasar la frontera.