El rancho del crimen

El rancho del crimen

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Weldron parecía tener siempre mucho dinero. Ya en su primera visita, como ahora, llevaba la mano izquierda en cabestrillo. Según explicó él mismo, padecía una enfermedad en la piel. ¿Quién era Weldron? ¿Quién era Quayne?

Pete hubiera dado cualquier cosa por saberlo. Había oído una conversación en voz baja en el interior de la casa y fingió estar regando las flores para escucharla.

Súbitamente llegó hasta Pete una voz que provenía del extremo del pasillo que circundaba el patio y que se hallaba en tinieblas.

—¡Por todos lo diablos del infierno juntos! —decía aquella voz—. Creo que ahora podemos coger dormidos a estos pájaros. Reúnete conmigo dentro de un par de minutos en el cobertizo.

—¡No tan fuerte, “Miserias”! Alguien podría estar escuchando. Acércate, compañero, y habla más bajo —murmuró Pete.

Pero la persona que se hallaba en las tinieblas del pasillo no contestó.

—¿Me oyes, “Miserias”? —preguntó el sheriff.

Tampoco ahora obtuvo contestación. Aquel silencio le sonaba a Pete a burla, la sospecha se adueñó en el obscuro pasillo. Eran cinco las puertas de la casa que daban al patio. El hombre que acababa de hablar podía haber entrado por alguna de ellas.


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