El rancho del crimen
El rancho del crimen Luego, haciendo una mueca, el asesino enfundó su revólver, se inclinó sobre el cadáver y sus manos lo registraron febrilmente hasta encontrar la cartera que contenía los siete mil dólares en billetes. En sus labios se dibujó una odiosa sonrisa.
Montó de nuevo a caballo y se alejó a galope tendido, dirigiendo su montura en sentido diagonal hacia el lado opuesto del valle. Cruzaba el terreno un río. Sus aguas facilitarían al bandido el medio de borrar sus huellas.
Unos centenares de metros cabalgó dentro del agua. Empezaban a brillar las estrellas en el cielo de Arizona cuando torció a al izquierda y empezó a cabalgar hacia un boscaje de algodoneros. Se oyó un silbido que partía de la arboleda y, un segundo después hizo su aparición la figura borrosa de un hombre.
—¿Tuvo usted suerte con...?
—¡Basta!
El jinete calló en el acto y desmontó.
—¡Habla bajo! —ordenó el hombre que estaba en la linde del bosquecillo—. ¡Nada de nombres!
—Muy bien, patrón.
El hombre que había estado esperando parecía agachado, aunque era bastante más alto que el recién llegado.
—¿Tuvo usted suerte? —repitió, esta vez en voz más queda.