El rancho del crimen
El rancho del crimen —No se trata de suerte —contestó el otro con sequedad—. TenÃa un plan y lo he realizado.
—¿Tiene el dinero?
—¿No fui a buscarlo? —contestó más un gruñido que una voz humana.
El asesino le entregó la cartera al hombre corpulento.
—¡Aquà está! Tómela. Dé la vuelta y cabalgue hacia el rancho desde el Sur. Si intenta hacerlo por la frontera, más le valdrÃa no haber nacido.
—No pienso hacer semejante cosa, patrón —contestó el interpelado—. Seguiré sus órdenes.
El hombre corpulento se dirigió hacia donde tenÃa su caballo.
—Ahora ya es cosa segura —dijo, al regresar—. Ahora no pueden vencernos, pero se me ocurrió algo mientras usted estaba fuera, patrón.
—¿Qué? —contestó el otro, con su tono seco habitual.
—Pues que no me parece lo mejor para nuestros propósitos el agarrar el Slash C. Está a poca distancia de la lÃnea internacional, a la que se puede llegar con sólo una noche a caballo, desde la puesta a la salida del sol. Está demasiado cerca de la frontera para no despertar sospechas.