El trasgo del desierto
El trasgo del desierto El corazón del sheriff latÃa al compás de los cascos volantes de su alazán. El tren, que venÃa de Hutchinson, llevarÃa lingotes de oro, correo de valor, tal vez alguna consignación para el Banco de Coatchie, y dinero para sueldos y pedidos que harÃan a la rica población de Coatchie, más rica aun.
Pero... ¡también llevaba seres humanos! Hombres y mujeres y hasta niños de pecho tal vez. Sintió que un sudor frÃo le perlaba la frente. Luego, pareció helársele la sangre en las venas al oÃr un prolongado silbido. ¡Era un gemido! Tal vez fuera como el gemido que oyeran los colonos y, desde luego, se asemejaba a él en un particular, ¡aquel gemido significaba muerte! El correo estaba silbando para avisar al apeadero de Recodo de Sutter, donde recogerÃa correo en marcha. ¡Nadie podÃa salvarle ya!
El humanitario corazón de Pete Rice pareció caérsele a los talones. Aun se hallaba a unas cuantas millas de la vÃa del ferrocarril, nada podÃa hacer. No podÃa lograr lo imposible.