El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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De haberse hallado confrontado con aquella situación él sólo, el temerario Hicks «Miserias» hubiese quedado hecho añicos con toda seguridad. Pero Pete Rice se había resignado a avanzar muy despacio y con una vigilancia extremada. Los fugitivos les habían cogido mucha delantera ya; pero contaba con el rastro que éstos no podían borrar.

Se preguntaba, sí acabaría ante una situación semejante a la que desconcertaba a los perseguidores la noche del asalto al Banco de Coatchie, si encontraría los caballos abandonados y los bandidos desaparecidos. Aun así, estaba decidido a no darse por vencido. No tardaría muchas horas en amanecer ya.

—Si esta vez no encontramos más que sus caballos —empezó a decir—, registraremos, milímetro a milímetro...

Calló con la misma brusquedad que si se hubiese mordido la lengua. Desde muy lejos, al Oeste, llegó hasta sus oídos un gemido. No era muy fuerte, pero era claro, burlón, sobrenatural. Era el gemido que los colonos y algunos habitantes de Coatchie oyeran en otras ocasiones.

Era el gemido que llegara a oídos del hostelero, Bolster, cuando pasaba junto a La Ciénaga de Puma Grande, el gemido aterrador que había sobresaltado a Miguel Grady, vigilante de la mina Panamint, y al doctor Harley, el hábil cirujano de Coatchie.

¡Era el gemido de trasgo!


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