El trasgo del desierto
El trasgo del desierto El rostro de Slim Latcher reflejaba perplejidad y asco al propio tiempo. Su voz sonó mascullando todo un rosario de imprecaciones.
—¡Y pensar que hice tres comidas a la misma mesa de este canalla ayer! —exclamó.
Los ojos de Pete Rice expresaban desilusión.
—El agujero de la bala es del calibre 45 —dijo—. ¿Es posible que le haya alcanzado algún disparo nuestro? Esa herida debió producir la muerte casi instantáneamente; pero los demás tal vez se lo llevaron con la esperanza de ocultar una pista. Han hecho ya cosas más raras que esa.
—¿Crees tú que puede haber algo que nos proporcione una pista en sus bolsillos? —inquirió «Miserias».
—Con toda seguridad que no, compadre. Pera regístrale, aunque no sea más que por pura fórmula.
Hicks «Miserias» registró todos los bolsillos del muerto. Encontró un paquete de tabaco, un librillo de papel de fumar, una navaja, algo de plata suelta y un fajo de billetes de Banco nuevos. Pero «Miserias» había observado un bulto pequeño en el bolsillo del reloj. Metió los dedos, sacó un pedazo de madera de sauce de unos cinco centímetros de longitud y casi de la misma anchura.
—¡Un silbato! —exclamó Pete—. ¡Sóplalo, compadre!