El trasgo del desierto
El trasgo del desierto Pero de pronto rasgó la noche una llamarada escarlata. El tabletear de una ametralladora rompió el silencio. Uno de los hombres de Pete exhaló un grito áspero de dolor. Pero los demás lanzaban alaridos triunfales. Se resguardaron tras todo lo que pudieron encontrar. Los proyectiles de los revólveres y de los rifles de repetición entraron por las ventanas del hotel en que se veían los fogonazos. Había empezado la batalla.
Durante cinco minutos completos pareció estacionarse la lucha. La ametralladora funcionaba sin cesar. Una bomba de gases lacrimógenos salió de una ventana del primer piso, describió una parábola y estalló, obligando a varios vaqueros a retroceder con los ojos escocidos. Volvió a sonar la ametralladora. Buckland y uno de sus vaqueros cayeron, Tomás había quedado cortado casi en dos.
Pero Pete Rice y los suyos habían descargado una lluvia de plomo a la ventana del último piso, y la ametralladora calló. Cuando volvió a sonar, los vaqueros habían logrado guarecerse ya.
Pete aulló a sus hombres que no asomaran al verse los fogonazos en la ventana. Se hallaba frente a una situación bastante difícil. No quería permitir que sus hombres cargaran contra aquel instrumento de muerte. Sin embargo, era preciso hacer salir a aquellos pistoleros del hotel de una forma, o de otra.