El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Leeming se llevó una mano a la sien y luego al hombro izquierdo. Le había rozado la sien un proyectil y esto era lo que le había dejado temporalmente sin conocimiento. Otro proyectil se le había incrustado muy arriba en el brazo izquierdo, casi en la articulación del hombro. La herida carecía de importancia.

—Me siento bastante bien, teniendo en cuenta las circunstancias. Lo que me sorprende es sentirme tan bien como me siento.

—Tiene usted mucha suerte —volvió a repetir Carlos—. Los bandidos esos se han llevado la mejor parte. Han derribado a muchos de nuestros hombres. He tenido butaca de primera fila en este espectáculo, por lo menos, aun cuando no me hallaba en condiciones de tomar parte en la lucha. Hubiera sido inútil, de todas formas, y yo no soy de los partidarios del suicidio.

Recordó Dode Leeming que Carlos Cobb —algo ambicioso, astuto y, sin embargo, no mala persona— tenía fama de huir dc todo jaleo siempre que le era posible.

Después de todo, Carlos Cobb era Carlos Cobb. No se podía haber esperado de él, en que saliera del refugio que le ofrecía su tienda y atravesase una lluvia de balas para intentar llegar a algún lugar donde pudiese echar mano a un arma y tomar parte en la lucha.


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