El trasgo del desierto
El trasgo del desierto Empezó a tener una idea de lo que le habÃa ocurrido aun antes de que el viejo Carlos se arrodillara a su lado y dijera, con cierto cariño:
—¡Tiene usted una suerte loca, muchacho! Ese que cayó a su lado está tan agujereado por los proyectiles del rifle de repetición, que parece una criba.
Indicó al hombre vestido de vaquero.
—Tal vez no conozca usted a Slim... pero de aseguro que le recordará usted siempre desde este momento en adelante. Dio la casualidad que estaba aquÃ, hablando conmigo de una silla de monitor. Le pareció que podÃa echar el lazo desde la puerta. Yo tenÃa una cuerda aquà y le dejé probar. ¡SÃ, señor! ¡Tiene usted una suerte loca!
Mientras continuaban los disparos en el exterior, Carlos explicó que el principio de la lucha le habÃa pillado sin armas. Su parroquiano llevaba un revólver del 45, sin embargo, y lo habÃa descargado contra las oscuras figuras de los bandidos antes de que éstos se metieran en el Banco.
Pero no llevaba canana, conque habÃa tenido que conformarse con desempeñar un papel muy poco satisfactorio en la batalla. Aun cuando tenÃa buena punterÃa, la luz era mala y no habÃa podido derribar a ninguno de los proscritos con sus seis disparos. —¿Cómo se siente usted, Dode?— acabó preguntando Carlos Cobb.