El trasgo del desierto
El trasgo del desierto El chico soltó de la brida. Dode picó espuelas. Se sentía mejor así. Era un amante de los caballos y un gran jinete. Su montura pareció darse cuenta de ello inmediatamente, y adoptó un paso regular y elástico. Dode soltó las riendas para cargar el revólver.
Cruzó el espacio iluminado cerca del banco y sintió el intenso calor del incendio. Era un buen rastreador. Vio las huellas de los bandidos que salían de la población y se dirigían al desierto.
Dode se hallaba entre la primera decena de hombres que inició la persecución. Le dolía la cabeza; le dolía el brazo. Pero aquel dolor no tenía ni punto de comparación con el que sentía en el corazón. Nick Webb había sido su mejor amigo, el hombre que le había traído de Tejas cuando joven. Y Dode Leeming salía sediento de sangre.
El sonido viaja muy lejos de noche en país ganadero y, antes de una hora, al grupo de perseguidores se habían unido varios rancheros y sus vaqueros, tanto del lado del Desierto de San Saba al Sur como de la Pradera de Puma Grande, que orillaba las estribaciones de la montaña por el Norte.
Atraídos por el ruido y por las llamas, los rancheros habían acudido a la población y, al conocer la tragedia, se habían sumado a los perseguidores.