El trasgo del desierto
El trasgo del desierto Dode Leeming cabalgó hasta desmayarse por primera vez en su vida. Los demás perseguidores estaban tan absortes en su tarea que ni siquiera se dieron cuenta de ello. Prosiguieron, sombríos, su camino. Seguían las huellas que conducían hacia el centro del Desierto de San Saba. Era una noche excepcionalmente oscura; pero el país abierto que tenían delante les animaba a continuar.
Pero sus ánimos no tardaron en convertirse en desaliento. A varias millas de la población se encontraron con un par de caballos ensillados —caballos que los bandidos habían montado, sin duda alguna. Un poco más allá encontraron otros tres. Pero... ¡ningún bandido!
Un ciudadano de Coatchie, de cara de halcón, ranchero retirado que había sido herido levemente en la lucha, asumió el mando. Reunió a los perseguidores.
—Es seguro que no se han convertido en aire, muchachos —asintió—. Vayamos hacia esos arroyos. Está muy oscuro. Pero daremos con su rastro para el amanecer por lo menos.
Sin embargo, cuando amaneció, aun buscaban sin el menor resultado. La orgullosa población de Coatchie se había llevado la peor parte en su primera batalla con los bandidos.