El trasgo del desierto
El trasgo del desierto Pete Rice continuó mascando goma y pensando. Le habÃa sido simpático Leeming desde el primer momento. ComprendÃa, que el joven habÃa sido nombrado comisario por su gran valor.
—El sheriff Granger ha estado aquÃ, en Coatchie, ¿verdad? —inquirió Pete.
—Ha hecho una visita relámpago. Como ya sabe, está la mar de ocupado con los robos de ganado que han ocurrido en los alrededores de la cabeza del partido... y la cabeza del partido está en el extremo opuesto del distrito.
—¿Cree Granger que los cuatreros de allá son los mismos que han robado el Banco aqu�
—Sà que lo cree; pero, naturalmente, no está seguro.
El nuevo comisario de Coatchie alzó la vista al entrar alguien en el despacho. El recién llegado era un hombre recio, de ojos azules, y pelo rojo, con el brazo derecho en cabestrillo.
Se acercó a Dode Leeming.
—Supongo, que es usted el señor Leeming, el nuevo comisario —dijo.
Hablaba con un acento que, aunque no muy pronunciado, delataba su origen irlandés.
—Yo soy, en efecto —contestó Leeming—. ¿En qué puedo servirle?