El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —No estoy muy seguro de que pueda usted hacer nada en el asunto. Me llamo Miguel Grady. Soy vigilante de la Mina Panamint y quiero contarle los terribles sucesos que se han desarrollado allí.
Grady se dejó caer en una silla vacía.
—Es una historia muy larga, comisario. Y cuando acabe, tal vez me crea loco en lugar de herido.
Algo excitado, Grady contó su historia. La Mina Panamint, en la que llevaba trabajando de vigilante varios meses, hacía cerca de un año que no se tocaba.
Le habían dado la plaza de vigilante porque aun había montada en la mina maquinaria de valor y, por añadidura, se conservaba una gran cantidad de dinamita y otros explosivos empleados en minería en una especie de cámara acorazada en el despacho de la mina.
Grady dijo que la noche anterior, a eso de las nueve, había hablado con su primo Daniel Gravin, a quien le consiguiera trabajo en la mina para apuntalar la galería de sesenta metros de profundidad. Confesó que, a continuación, había vuelto a su cabaña y se había echado a dormir. Mientras llevaran, a cabo el trabajo que les había sido confiado, eran libres, de hacer lo que quisieran de su tiempo.