El trasgo del desierto
El trasgo del desierto El sheriff habló con varios colonos en salones de bebidas y de billar. Algunos vivían a un par de millas tan sólo de Coatchie y otros hasta diez millas más allá. Sin embargo, todos ellos, aseguraban haber oído el extraño gemido la noche del asalto al Banco de Coatchie.
Algunos se encogían de hombros y contaban la cosa algo avergonzados, agregando que habían oído aquel sonido, en efecto, pero que no lo habían tomado por sobrenatural ni mucho menos. Pero la mayoría —los supersticiosos ex mineros aseguraban, sin avergonzarse en absoluto, que había caído una maldición sobre la región de San Saba.
Los peones mejicanos se mostraban especialmente insistentes. ¿No se había oído acaso el gemido en la noche en que morían varios hombres en Coatchie de muerte violenta? ¿No era cierto, por añadidura, que había sido asesinado un hombre en la antigua mina Panamint y que el gemido había sido oído de nuevo aquella noche?
Pete comprendió que Miguel Grady se había pasado el tiempo contando su historia en los salones de bebidas de Coatchie. ¿Tendría el irlandés aquél algún motivo para querer qué el relato fuera conocido del mayor número de personas posible?