El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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De una cosa el sheriff estaba casi seguro: Los enmascarados que habían robado los explosivos de la mina Panamint eran de la misma cuadrilla que los que asaltaron el Banco. Y el robo de explosivos era una indicación bastante fuerte de que el jefe de los bandidos estaría preparando nuevas tropelías —nuevos asaltos a Bancos ó descarrilamientos de trenes quizá.

Consiguió más información acerca del gemido de trasgo cuando salía de uno de los salones, en que había estado hablando con varios colonos.

Un hombre pálido, de cabello cano de cara de inválido y qué parecía, tal vez, más viejo de lo que era —siguió al sheriff cuando éste salió a la calle.

—Le he oído a usted hablar con esos imbéciles ahí dentro, —sheriff— dijo —. La mayoría se compone de locos... los que creen en esas tonterías, quiero decir. Pero sé algo que tal vez pudiera interesarle, desde un punto de vista más sensato.

Explicó que era oriundo del Este y que había ido a Arizona para curarse de los pulmones. Se llamaba Bolster y había tomado por transferencia el hotel de la estación termal abandonada de Manantiales de Antílope, al Norte. El negocio era muy flojo y se daba largos paseos a caballo para bien de su salud.


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