El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —Parece como si esta posibilidad hubiera quedado liquidada ya, sheriff. Me parece un poco cogida por los pelos a mÃ. Y estará la noche oscura como boca de lobo dentro de diez minutos además, y será imposible ver huellas aunque las haya.
Pero a Pete le gustaba acabar las cosas que empezaba.
—Seguramente tendrá usted razón, Leeming —asintió—; pero hemos hecho ya unos siete octavos del trabajo. Y el último octavo de un trabajo siempre es el más fácil de hacer.
TenÃa la mirada clavada en la pendiente. Cosa de un cuarto de milla más allá, una nubecilla de humo que se alzaba sobre unos sauces del desierto indicaba la presencia de una cabaña.
—¿Sabe usted quién vive ahà abajo, Leeming? —inquirió Pete, señalando.
—Es difÃcil llevar cuenta de estos colonos, sheriff. Esa cabaña estaba desocupada la última vez que yo la vi.
—Bueno, pues ahora no cabe la menor duda de que está ocupada. Y no está muy lejos del espolón de roca. Los bandidos pudieran tener alguna relación con quien sea que viva allÃ. Pueden haberse refugiado allà temporalmente, sea, como fuere, vale la pena investigar. Bajemos allá.