El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Los dos hombres tiraron pendiente abajo. Al aproximarse a la cabaña oculta tras los sauces, el humo dejó de salir por la chimenea. Pete comprimió los labios. Un fuego que se apagara hubiera continuado humeando un rato. Aquello debía significar que alguien había apagado por completo el fuego echándole agua encima.

Tampoco había luz en la cabaña.

—Vaya con cuidado, compadre —advirtió Leeming—. Nunca sabe uno. No es nuestro propósito dejarnos pillar en ninguna trampa.

Obligaron a pasar a sus caballos por la hilera oriental de los sauces, que crecían muy cerca unos de otros. Pete tenía el presentimiento de que alguien les vigilaba desde el interior de la destartalada cabaña.

Le daba el corazón que les amenazaba algún peligro. Pero el meterse en peligro era uno de los gajes del oficio. Esperaba que, aunque corriese peligro, hubiese algo irregular en aquella cabaña. Ello representaría un indicio de alguna clase, el primero de aquel caso tan desconcertante.

Aquel presentimiento era tan fuerte, que Pete ató al alazán entre los sauces y, en voz baja, ordenó a Leeming que hiciese lo propio con su caballo. Luego se dirigió a la puerta de la cabaña. Llamó. No obtuvo respuesta.

Volvió a descargar unos golpes y además dio con el pie en la puerta.


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