El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —¡Abra! —gritó—. ¡Sabemos que hay alguien aquà dentro!
Siguieron sin recibir contestación.
—¡Va el último aviso! —advirtió Pete—. Abran o... ¡echaré abajo la puerta!
Siguió reinando el silencio en el interior de la cabaña. Pete descargó fuertes puntapiés contra la puerta y, viendo que era fuerte, cargó contra ella con enorme fuerza.
¡Bang! ¡Bang!
Sonaron dos detonaciones detrás de la puerta. Los proyectiles atravesaron la madera y el sheriff los oyó pasar, silbando, junto a su oreja derecha.
Saltó a un lado, se dejó caer sobre una rodilla y disparó, con su revólver a través de la madera, pero oblicuamente. No tenÃa el menor deseo de matar a quien se hallara dentro, aun cuando mereciera la muerte. A los muertos no se les puede hacer hablar. El sheriff intentaba hacer salir a quien se estuviese ocultando en la cabaña. Le hizo una señal a Dode Leeming para que no disparara. Dode se habÃa agazapó al otro lado de la puerta, y tenÃa el revólver en la mano.