El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Pete estuvo ocupado en la población cosa de una hora o así, vio que Miguel Grady seguía en Coatchie, habló con varios colonos y ciudadanos, echó una mirada al cadáver del bandido —un tipo mal encarado cuyos antecedentes se estaban investigando— y luego se dirigió al despacho de Dode Leeming. Tenía la intención de interrogar de nuevo a Smith en cuanto le trajera el médico. Los prisioneros hablaban con más facilidad, frecuentemente, después de haberles sido administrados calmantes y Pete estaba decidido a hacer hablar a aquel hombre por el procedimiento que fuera. Todo era lícito en el amor y en la guerra. Amaba a la Ley que había jurado mantener y administrar; guerreaba sin descanso contra el crimen.

Luchó contra el sueño que sentía después de día tan movido y se hallaba en la puerta del despacho poco después de las once cuando bajó una figura alta por la oscura calle. Era el doctor Harley.

Pete le llamó.

—¿Le trajo usted, doctor? —inquirió.

El rostro del doctor Harley tenía una expresión sombría.

—Sí que le traje —respondió, con tono singular—. Pero no le sacará usted una palabra. ¡Está muerto!

Alzó la mano.


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