El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —SÃ, ya lo sé. Las dos heridas de bala no tenÃan mucha importancia. Pero le encontré un puñal clavado en el corazón cuando llegué a su cabaña. ¡Fue asesinado!
Pete Rice soltó una exclamación de asombro. Harley le echó a un lado, entró en el despacho y se dejó caer en una silla.
—Y lo más raro del caso —prosiguió, enjugándose la frente con un enorme pañuelo—, es que poco antes de que llegara yo a esa cabaña oà el gemido más raro que imaginarse puede.