El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Era rastreador muy hábil, sin embargo, tenía algo de sangre india en sus venas y Pete Rice puso su nombre entre los de aquellos a quienes llamaría si se presentaba la ocasión. Los comisarios de Pete llegaron a Coatchie por la mañana y sus ojos brillaron al escuchar de labios de su jefe cuál era la situación en la comarca de San Saba.

El sheriff de Quebrada del Buitre hubiera preferido aquella pareja de comisarios a una docena de hombres de habilidad normal en seguir rastros y luchar con bandidos. Eran tan distintos entre si como humanamente pueden serlo dos hombres, salvo en un particular: Luchaban como verdaderos gatos monteses, y hasta hubieran sido capaces de quedarse sin comer por llegar a las manos con los bandidos.

Hicks «Miserias» era bajo y pellejudo de cara y cuerpo. Aun cuando era barbero de oficio, siempre soltaba navaja de afeitar y máquina de cortar el pelo cuando se presentaba la ocasión de ponerse el revólver y salir a imponer la Ley en compañía de «Pistol» Pete Rice.

Teeny Butler pesaba más del doble que el pequeño comisario barbero. Tenía espalda de búfalo, manos como jamones y brazos de gorila.

—Si anda algún trasgo gimiendo por aquí —observó—, opino que «Miserias» debía de haberse quedado en casa.


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