El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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—No cabe la menor duda de que estos son algunos de los que fueron robados del Banco —prosiguió—. Si encontráramos al hombre que mató a Smith, quedaría liquidado este asunto en seguida.

Mascó goma lentamente durante unos instantes.

—Me parece que será mejor que volvamos a la población, muchachos. Quiero ver a Tomás Buckland si es que está de vuelta. Vamos.

Cuando llegaron de nuevo a Coatchie, descubrieron que Tomás Buckland y su hijo Standish, los cuales habían estado en Tucson desde el asalto, se hallaban de vuelta en el Banco.

Buckland padre tenía más aspecto de ganadero que de presidente de un Banco. Tenía el rostro grande y atezado, arrugado por los años, y su cabello era blanco. Pero los ojos amarillentos en aquel rostro oscuro parecían extrañamente juveniles y perspicaces.

Su hijo Standish estaba sentado a una mesa, en el rincón del despacho, aun cuando todo su trabajo parecía reducirse a rodearse de humo de cigarrillo. Era una edición más joven de Tomás, aun cuando su piel era más clara y sus ojos más oscuros.

Parecía aburrido de la vida, como su padre también. Porque, aunque tal vez no estuviese aburrido. Tomás estaba sentado a su mesa con la misma tranquilidad que si no hubiese sido saqueado recientemente su Banco, ni hubieran muerto asesinados varios ciudadanos.


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