El trasgo del desierto

El trasgo del desierto

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Estaba locuaz, sin embargo. Es más, pareció dispuesto a hablarlo él todo en cuanto Pete se presentó.

—He oído hablar mucho de usted, sheriff —dijo—. Opino que es el hombre que necesitamos en estos momentos y circunstancias. Valiente situación, ¿eh?

Pete movió afirmativamente la cabeza. Estaba escudriñando el rostro del otro.

—Supongo que no podrá usted darme más noticias de las que conozco ya —prosiguió Buckland—. Cameron, que es el que queda encargado del Banco cuando yo me hallo ausente, me telegrafió detalles completos.

»Tal vez esperara la gente que regresara yo aprisa y corriendo. ¿Qué esperaba que hiciese yo? ¿Ponerme de cabeza o algo así? Me parece que nada conseguiría con eso.

—No creo que el ponerse de cabeza, o de pie, serviría de gran cosa ahora —comentó Pete, secamente—. No es el estarse quieto lo que dará resultado alguno en estos momentos. ¡Es necesario obrar!

—¡Eso es! —contestó Buckland—. Pero obrar con tino. Decidí acabar lo que tenía que hacer en Tucson, ya que estaba allí.

Hizo un movimiento de cabeza en dirección a la mesa ocupada por su hijo.


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