El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —Aun asÃ, hubiera estado de vuelta en casa ayer, si hubiera hecho las cosas a mi manera. TenÃa la intención de pillar el tren hasta Empalme del Desierto y viajar desde allà por el ramal.
De nuevo, hizo un gesto hacia su hijo.
—Pero este sabelotodo aseguró que irÃamos más deprisa en el automóvil que logró convencerme para que le comprara.
Su voz tenÃa un fuerte dejo de intolerancia. Tomás Buckland habÃa pasado la mayor parte de su vida a caballo. Odiaba todo lo que oliese a maquinaria.
—Fuimos bien... durante un rato. Pero estrelló el maldito cacharro contra un árbol cerca de Templeville y tuvimos que esperar cerca de seis horas a qué lo arreglaran. No hay ferrocarril en Templeville. Tuve que rondar por ahà como una vieja. ¡Rayos! ¡Si hubiese tenido mi caballo allÃ, hubiese venido con él aquà campo traviesa!
Pete dejó que el despótico anciano hablara hasta cansarse. SabÃa por experiencia que muchas veces la gente locuaz decÃa muchas cosas de sà misma sin darse cuenta de ello. SeguÃa estudiando al banquero. El sheriff habló del registro efectuado en la cabaña de Smith y de los billetes que habÃa encontrado.