El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —¡Enséñemelos! —dijo Buckland, con brusquedad—. Tenemos la numeración de ese lote. Me parece que podré decirle si son de aquí o no sin consultar la lista siquiera.
Pete sacó los billetes y el banquero afirmó con la cabeza inmediatamente.
—Ese dinero es de ese Banco, en efecto —dijo. Y agregó, casi humorísticamente—. ¡Me quedo con él!
Pete le entregó el dinero, escuchó un poco más de la conversación aparentemente interminable del hombre y luego se marchó. Ahora le tocaba buscar a «J. T.» —el amigo que Smith tenía en Empalme del Desierto. No se pasaba por alto ni una hebra de la cuerda que, con él tiempo, ahorcaría a los asesinos que habían estado sembrando el terror en Coatchie y otros lugares del distrito de Rico.
Sin embargo, la mente del sheriff no estaba ocupada tan sólo por el misterioso “J. T.”. Pensaba mucho en el viejo Tomás Buckland.
Este último era un déspota, de eso no cabía la menor duda. Pero... ¿sería algo más también? ¿Sería un malhechor? ¿Sería tan rico como le creía la gente? ¿Podría haberse metido en algún apuro para salir del cual necesitaba digiero con urgencia?