El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —Sí; Tomás ni siquiera quiso montar a bordo del automóvil de su hijo el otro día, cuando marchaban a Tucson por cuestión de negocios. Se empeñó en montar a caballo hasta la estación. ¿Qué te parece?
—Eso es cuenta suya —respondió Webb—. Eso es algo personal. Por mí, ya puede montar a lomos de un chivo si se le antoja.
Guardó silencio unos segundos. Su cigarrillo brilló.
—Pero el otro asunto... el de dominar a los concejales y gobernar esta población como hace años, eso es cuestión de todo hombre, mujer y niño de Coatchie.
»Necesitamos más protección aquí. Tomás está jugando con vidas humanas. Hasta ahora, la población ha tenido suerte. Tú juegas fuerte al póker, Dode, y sabes que uno no puede fiarse eternamente de la suerte. Es preciso pensar un poco y hacer planes además.
—Está loco por ese novato que tiene por hijo —dijo Leeming—. Tal vez fuera ese el mejor modo de abordarle... por medio de su hijo... ese joven del nombre de fantasía.
—Se llama Standish —observó Webb—. Era el nombre de la familia de la mujer de Tomás, que murió de sobreparto. Quizá, si a la señora Buckland hubiese vivido, el joven hubiera salido mejor. En mi opinión, el enviar al muchacho al Este al colegio y a la Universidad no es lo más apropiado para hacerle ranchero.