El trasgo del desierto
El trasgo del desierto —Por esto te traje a dar este paseo, Dode —le dijo al otro, que era más joven que él—. Pareces tener mucha influencia sobre Tomás Buckland. Debieras cogerle y celebrar con él una especie de sesión, sesión, en la que hablaras tú todo y él se limitara a escucharte. Dile que esta población necesita un par de comisarios más y que debiera saber de dónde sacar el grupo de hombres escogidos, a cualquier hora de la noche.
Webb era del color del nogal, facciones contraÃdas y patas de gallo en los ojos. Su nariz era levemente ganchuda y se alzaba extrañamente, casi humorÃsticamente, por la punta. Pero el comisario Nick Webb no tenÃa nada de humorÃstico cuando se hallaba sobre una pista. Los ojos firmes y serenos que brillaban bajo cejas pelirrojas, indicaban su calidad de implacable cazador de hombres.
—Tomás Buckland ha sido un buen hombre —prosiguió—. Digo que ha sido, un buen hombre. No digo que sea malo ahora. Pero es demasiado viejo... o, por lo menos, demasiado chapado a la antigua. Debido a su dinero y a su posición, aun tiene influencia aquÃ. Gobierna a la población con el mismo despotismo que en tiempos pasados. No quiere ver que los tiempos han cambiado.
Dode Leeming tenÃa el rostro contraÃdo; pero carecÃa de la firmeza de Nick Webb al contestar: