La rebelión de Atlas
La rebelión de Atlas Dagny salió del valle como quien despierta de un sueño que la había transformado para siempre. La pregunta que la acompañaba no era si podía cambiar el rumbo del mundo, sino si el mundo merecía ser salvado. Mientras su tren avanzaba entre paisajes desolados, el contraste con la perfección del refugio de Galt era abrumador.
Nueva York, con su caos habitual, la recibió con un aire aún más opresivo. Los pocos edificios que aún funcionaban se alzaban como testigos silenciosos de un sistema al borde del colapso. En el despacho de Hank Rearden, la sensación era igual de sofocante. Él se mantenía firme, pero cada día perdía más terreno frente al gobierno, que seguía presionando para apoderarse de su acero.
—¿Valió la pena? —le preguntó Rearden una noche, mientras repasaban los últimos números de sus empresas. Dagny lo miró fijamente, buscando las palabras que ella misma no estaba segura de creer. —Aún no lo sé.
Pero el mundo no esperaría a que ella resolviera su dilema interno. Los ataques a la industria privada se intensificaron, y las leyes comenzaron a expropiar lo poco que quedaba de valor en la sociedad. Las líneas ferroviarias seguían colapsando, y la desesperación entre los trabajadores se convertía en una furia incontrolable.