Dios y el Estado
Dios y el Estado Se pudo creer entonces que el espÃritu humano iba, en fin a libertarse, una vez por todas, de todas las obsesiones divinas. Fue un error. La mentira divina, de que se habÃa alimentado la humanidad —para no hablar más que del mundo cristiano— durante dieciocho siglos, debÃa mostrarse, una vez más, más poderosa que la humana verdad. No pudiendo ya servirse de la gente negra, de los cuervos consagrados de la iglesia, de los sacerdotes católicos o protestantes, que habÃan perdido todo crédito, se sirvió de los sacerdotes laicos, de los mentirosos y de los sofistas de túnica corta, entre los cuales el papel principal fue dado a dos hombres fatales: uno, el espÃritu más falso; el otro, la voluntad más doctrinariamente despótica del siglo pasado: a J. J. Rousseau y a Robespierre.