Dios y el Estado
Dios y el Estado El primero representa el verdadero tipo de la estrechez y de la mezquindad sombría, de la exaltación, sin otro objeto que su propia persona, del entusiasmo en frío y de la hipocresía a la vez sentimental e implacable, de la mentira forzada del idealismo moderno. Se puede considerarlo como el verdadero creador de la reacción moderna. En apariencia el escritor más democrático del siglo XVIII, incuba en sí el despotismo despiadado del estadista. Fue el profeta del Estado doctrinario, como Robespierre, su digno y fiel discípulo, que trató de convertirse en el gran sacerdote. Habiendo oído decir a Voltaire que si no hubiese existido dios habría sido necesario inventarlo, J. J. Rousseau inventó el ser supremo, el dios abstracto y estéril de los deístas. Y es en nombre del ser supremo, y de la virtud hipócrita ordenada por el ser supremo, que Robespierre guillotinó a los hebertistas primero, luego al genio mismo de la revolución, a Danton, en cuya persona asesinó la república, preparando así el triunfo, desde entonces necesario, de la dictadura de Bonaparte I. Después de este gran triunfo, la reacción idealista buscó y encontró servidores menos fanáticos, menos terribles, medidos por la talla considerablemente empequeñecida de la burguesía de nuestro siglo. En Francia fueron Chateaubriand, Lamartine y —¿es preciso decirlo?, ¿y por qué no?; hay que decirlo todo, cuando es verdad— fue Víctor Hugo mismo, el demócrata, el republicano, el casi socialista de hoy, y tras él toda la cohorte melancólica y sentimental de espíritus flacos y pálidos, quienes constituyeron, bajo la dirección de esos maestros, la escuela del romanticismo moderno. En Alemania fueron los Schlegel, los Tieck, los Novalis, los Werner, fue Schelling, y tantos otros aun cuyos nombres no merecen siquiera ser mencionados.