Dios y el Estado
Dios y el Estado No hay más que dos medios para convencer a las masas de la bondad de una institución social cualquiera. El primero, el único real, pero también el más difÃcil, porque implica la abolición del Estado —es decir la abolición de la explotación polÃticamente organizada de la mayorÃa por una minorÃa cualquiera—, serÃa la satisfacción directa y completa de todas las necesidades, de todas las aspiraciones humanas de las masas; lo que equivaldrÃa a la liquidación completa de la existencia tanto polÃtica como económica de la clase burguesa, y como acabo de decirlo, a la abolición del Estado. Ese medio serÃa, sin duda, saludable para las masas, pero funesto para los intereses burgueses. Por consiguiente no hay que hablar de él.
Hablemos del otro medio, que, funesto para el pueblo solamente, es, al contrario, precioso para la salvación de los privilegios burgueses. Este otro medio no puede ser más que la religión. Es ese milagro eterno el que arrastra a las masas a la busca de los tesoros divinos, mientras que, mucho más moderada, la clase dominante se contenta con compartir, muy desigualmente por otra parte y dando siempre más al que más posee, entre sus propios miembros, los miserables bienes de la tierra y los despojos humanos del pueblo, comprendida su libertad polÃtica y social.