Dios y el Estado
Dios y el Estado Todas las religiones son crueles, todas están fundadas en la sangre, porque todas reposan principalmente sobre la idea del sacrificio, es decir, sobre la inmolación perpetua de la humanidad a la insaciable venganza de la divinidad. En ese sangriento misterio, el hombre es siempre la víctima, y el sacerdote, hombre también, pero hombre privilegiado por la gracia, es el divino verdugo. Eso nos explica por qué los sacerdotes de todas las religiones, los mejores, los más humanos, los más suaves, tienen casi siempre en el fondo de su corazón —y si no en el corazón en su imaginación, en el espíritu (y se sabe la influencia formidable que una y otro ejercen sobre el corazón de los hombres)— por qué hay, digo, en los sentimientos de todo sacerdote algo de cruel y de sanguinario.
Todo esto, nuestros ilustres idealistas contemporáneos lo saben mejor que nadie. Son hombres sabios que conocen su historia de memoria; y como son al mismo tiempo hombres vivientes, grandes almas penetradas por un amor sincero y profundo hacia el bien de la humanidad, han maldito y zaherido todos estos defectos, todos estos crímenes de la religión con una elocuencia sin igual. Rechazan con indignación toda solidaridad con el dios de las religiones positivas y con sus representantes pasados y presentes sobre la Tierra.