Dios y el Estado
Dios y el Estado El dios que adoran o que creen adorar se distingue precisamente de los dioses reales de la historia, en que no es un dios positivo, ni determinado de ningún modo, ya sea teológica, ya sea metafísicamente. No es ni el ser supremo de Robespierre y de Rousseau, ni el dios panteísta de Spinoza, ni siquiera el dios a la vez trascendente e inmanente y muy equívoco de Hegel. Se cuidan bien de darle una determinación positiva cualquiera, sintiendo que toda determinación lo sometería a la acción disolvente de la crítica. No dirán de él si es un dios personal o impersonal, si ha creado o si no ha creado el mundo; no hablarán siquiera de su divina providencia. Todo eso podría comprometerlos. Se contentarán con decir: «dios» y nada más. Pero, ¿qué es su dios? No es siquiera una idea, es una aspiración.