Dios y el Estado

Dios y el Estado

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Dios padre, viendo, desde lo alto de su esplendor eterno, que ese pobre dios hijo, achatado y pasmado por su caída, se sumergió y perdió de tal modo en la materia que, aun llegado al estado humano, no consigue encontrarse, se decide, por fin, a ayudarlo. Entre esa inmensa cantidad de partículas a la vez inmortales, divinas e infinitamente pequeñas en que el dios hijo se diseminó hasta el punto de no poder volver a reconocerse, dios padre eligió las que le agradaron más y las hizo sus inspirados, sus profetas, sus «hombres de genio virtuosos», los grandes bienhechores y legisladores de la humanidad: Zoroastro, Buda, Moisés, Confucio, Licurgo, Solón, Sócrates, el divino Platón, y Jesucristo, sobre todo, la completa realización de dios hijo, en fin, recogida y concentrada en una sola persona humana; todos los apóstoles, San Pedro, San Pablo y San Juan, sobre todo; Constantino el Grande, Mahoma, después Carlomagno, Gregorio VII, Dante, según unos Lutero también, Voltaire y Rousseau, Robespierre y Danton, y muchos otros grandes santos personajes históricos de que es imposible recapitular todos los nombres, pero entre los cuales, como ruso, ruego que no se olvide a San Nicolás.





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