Dios y el Estado

Dios y el Estado

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Ved, pues, en qué error profundo se encuentran nuestros queridos e ilustres idealistas. Hablándonos de dios, creen, quieren elevarnos, emanciparnos, ennoblecernos, y al contrario nos aplastan y nos envilecen. Con el nombre de dios se imaginan poder establecer la fraternidad entre los hombres, y al contrario crean el orgullo, el desprecio, siembran la discordia, el odio, la guerra, fundan la esclavitud. Porque con dios vienen necesariamente los diferentes grados de inspiración divina; la humanidad se divide en muy inspirados, menos inspirados y en no inspirados de ningún modo. Todos son igualmente nulos ante dios, es verdad; pero comparados entre sí, los unos son más grandes que los otros; no solamente por el hecho, lo que no sería nada, porque una desigualdad de hecho se pierde por sí misma en la colectividad, cuando no encuentra nada, ninguna ficción o institución legal a la cual pueda engancharse; no, los unos son más grandes que los otros por el derecho divino de la inspiración: lo que constituye de inmediato una desigualdad fija, constante, petrificada. Los más inspirados deben ser escuchados y obedecidos por los menos inspirados. He ahí el principio de la autoridad bien establecido, y con él las dos instituciones fundamentales de la esclavitud: la iglesia y el Estado.




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