Alberto Savarus y otras historias

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La alegría dio agilidad a la pareja de recién casados. No vieron ni cielo, ni tierra, ni casas, y volaron hacia la iglesia como si tuvieran alas. Finalmente llegaron a una pequeña capilla oscura y ante un altar sin pompa en el que un anciano sacerdote celebró su unión. Allí, como en la alcaldía, viéronse rodeados por las dos bodas que les perseguían con su esplendor. La iglesia, llena de amigos y parientes, resonaba con el ruido que hacían las carrozas, los bedeles, los pertigueros, los curas. Los altares brillaban con todo el lujo eclesiástico; las coronas de flor de azahar que adornaban las imágenes de la Virgen parecían nuevas. Sólo se veían flores, perfumes, cirios relucientes, cojines de terciopelo bordados en oro. Dios parecía ser cómplice de aquella alegría de un día. Cuando fue preciso sostener encima de las cabezas de Luigi y de Ginevra aquel símbolo de unión eterna, aquel yugo de satén blanco, suave, brillante, ligero para los unos y de plomo para el mayor número, el sacerdote buscó, pero en vano, a los muchachos que cumplían con este gozoso menester: dos testigos tuvieron que sustituirlos. El clérigo dio apresuradamente unas instrucciones a los esposos sobre los peligros de la vida, sobre los deberes que un día habrían de enseñar a sus hijos; y de paso deslizó un reproche indirecto por la ausencia de los padres de Ginevra; luego, después de haberlos unido ante Dios, como el alcalde los había unido ante la ley, dio fin a su misa y los abandonó.


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